Una mirada perdida

Vivo en el 365 de la calle cuarenta y siete en Manhattan. El  vive en la Quinta avenida, aquella que sirve de división entre el este y oeste de la ciudad. Las tiendas más famosas de New York se pelean entre ellas por atraer a un público selecto y desconsiderado con el resto de los mortales. Lo cierto es que  Luís ha llegado lejos en su profesión y ha pasado de ser un estudiante mediocre a un afamado cardiólogo en la ciudad de los rascacielos, un hombre sin lugar a dudas atrayente físicamente y con el que sinceramente no veo más futuro que la cena de esta noche. Hemos llegado a acostumbrarnos el uno al otro y hemos pasado de las cenas en los lugares más cutres a los trajes de coctel y las galas de presentación de diversos fármacos en pleno apogeo.
 

Luis es alto, moreno y con unos ojos verdes que quitan el hipo, con el paso del tiempo ha ido pasando de aquella mirada infantil que enamora al gesto de hombre interesante por el que darías parte de tu mundo. Lástima que la juventud se llevó también parte de aquel ademán  canalla que me mantenía constantemente hipnotizada. Supongo que el deseo y el amor se ha ido apagando por las dos partes…le propuse hace un tiempo volver a España, pero su carrera siempre ha estado a la cabeza de sus prioridades.
 

Intuyo que los dos queremos dejar ésta relación que es más costumbre que otra cosa, sin embargo hay algo que nos mantiene unidos como si se tratase de un ridículo pacto con el tiempo al que hemos acabado sucumbiendo.
 

Llueve a mares, con esa lluvia que no te deja ver el cielo y que te golpea las mejillas con carácter desafiante, ni siquiera se que ponerme para la cena ¿acaso no es importante también el día en que rompes con el presente para buscar un futuro?…necesito tomar algo, quizá algo de vodka me siente bien.
 

Necesito mi pequeño paraíso que no es más que mi bañera, mis jabones, mi libro y mi serenidad. Tengo que planear con sumo cuidado las palabras que van a marcar un antes y un después en una unión de más de diez años en nuestras vidas.
 

Pasadas dos horas me dirijo al hospital a recogerle,  Mike es el recepcionista del hospital, un tipo pelirrojo y cejijunto que muestra siempre lo dientes en demasía cuando saluda tan efusivamente. Entro en su despacho, no se ha dado cuenta de que estoy observándolo desde la puerta.
 

Anda un poco descamisado, con un mechón de pelo ya canoso que le acaricia la ceja. Está escribiendo algo en el ordenador y su colonia rellena los recovecos de toda la estancia. Siempre ha sido un hombre extremadamente atractivo y ahora… al mirarlo, no puedo sentir más que cariño y gratitud por todo lo que hemos compartido. Busco en mi interior y creo adivinar que nunca he estado enamorada de el. Una pequeña decepción se pasea por mi mente a sus anchas, necesito salir huyendo, soy tan cobarde….
 

El ruido que hago involuntariamente saca del ostracismo a Luis que se sobresalta al verme en el resquicio de la puerta, me  sonrie, siempre lo hace. Y es ,en esos momentos ,en los que me siento desprotegida como una niña y me apetece salir corriendo hacia ninguna parte.
 

El se levanta y me da el beso de rigor en la mejilla. ha captado en mi mirada que dentro de mí hay algo roto. No es algo que haya sucedido en un día, es una ecuación constante de  gestos calculados, de besos vacíos y de sexo sin más pasión que la que obliga la finalidad del acto.
 

Necesito decirle que necesito una explosión de amor dentro de mí, necesito sentir la pasión de la aventura, del calor que emite un simple roce de piel con piel, de la complicidad inequívoca de una mirada y de la sedosidad de un beso dibujado.
 

           – He venido a decirte que se acabó Luis…espero más de la vida, no me gusta ni tu mundo ni tus circunstancias, de hecho, sólo me gustas tú y no lo suficiente como para seguir en el plano en el que estamos. Ya no hay pasión y no me apetece en absoluto crearla de nuevo, el amor es un arte y debe crecer cada día en una dirección o en otra, pero jamás debe dejarse a la costumbre porque acaba convirtiéndose en un episodio más en la vida de cada uno.
 

Luis ha bajado la mirada, sabe que tengo razón…sabe que después de este tiempo no hemos conseguido mantener esa llama para estar juntos.
 

La mirada de cariño con la que me despido atraviesa su gesto de asentimiento, ahora será un recuerdo disperso de una larga etapa de mi vida en la que no aprendí a quererme lo suficiente como para saber diferenciar lo que me daba la vida y lo que no.
 

Salgo del despacho saludando a empleada  Linda   ( aquella con la que siempre parezco competir) y oigo por el intercomunicador a Luis diciéndole a su secretaria que llame a su mujer, que la cena de negocios se ha anulado y que podrá ir a cenar a casa.
 

Empieza mi nueva vida.

3 comentarios sobre “Una mirada perdida”

  1. Vaya tela Silvia, una amante que atraviesa el atlántico para seguir siendo amante durante años… Oye, ¿que hará ahora la «prota»?. Por cierto, ¿como se llama?. Me falta el nombre para imaginármela.

    Muy buena la historia, sigue así!!!

    Besos

  2. Hombre, si ya me extrañaba a mi que ustedes no trastearais por estos rincones….hasta que la encontré me tiré un buen rato de busqueda en mis horas muertas de aplicaciones Office. Pues eso que a partir de ahora….seguidor fiel de este blog….

    Un beso muy grande y un abrazo familia!!!

    Carlos

    *C

  3. Que tal sobrino!!!. Me alegra que te unas a la comunidad cibernauta. A ver si nos vemos estas navidades.

    Un beso para ti y los tuyos,
    Silvia & David

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