¿Upaya?

La palabra sánscrita Upaya (????) es a menudo traducida como ”medios” o “métodos”, en Budismo suele ir unida a la palabra Kaushalya (??????: habilidad) designando a la capacidad que tienen los Budas y Bodhisattvas para guiar a sus discípulos a la liberación adaptando sus enseñanzas a las posibilidades y al nivel evolutivo de cada persona. Según Watts lo que Los Maestros hacen principalmente es colaborar a que los individuos identificados con su ego, la inmensa mayoría de los mortales, se precipiten en un juego de competición del que nunca podrán salir vencedores porque las mismas premisas del juego son absurdas: “querían derrotarse a si mismos” y la máscara nunca podrá deshacerse de la mascara. Así prosigue el juego, una zanahoria, un señuelo tras otro, hasta que por fin el alumno alcanza la misma posición inquebrantable del Maestro. En definitiva Upaya Kaushalya son las viejas trampas o habilidosos procederes que los Maestros utilizan para favorecer la liberación de la vetusta consciencia hacia una nueva visión de la Realidad.  

Upaya Kaushalya se entiende mejor con la ayuda de un cuento al que se refería Buda para que la gente llegara a comprender, se trata de la parábola de la casa incendiada:

 Érase una vez un gran anciano, un anciano muy rico que vivía en una gran mansión con sus muchos hijos y sus cientos de sirvientes. El relato no menciona esposas o madres, pero dice que el anciano tenía unos treinta hijos, de los cuales algunos eran aún bastante pequeños. La casa en que vivían había sido magnífica, pero ahora era ya vieja y destartalada. Los pilares estaban cayéndose, las ventanas rotas, los suelos pudriéndose y las paredes desmoronándose. En los rincones y recovecos de esta casa destartalada acechaban toda clase de fantasmas y malos espíritus.
 
Un día, de pronto, se prendió fuego la casa. Por ser vieja estaba la madera muy seca y el fuego se propagaba con rapidez. Ocurrió que el viejo estaba a salvo, fuera de la casa cuando el fuego empezó, pero los niños estaban jugando dentro. Como eran demasiado jóvenes para darse cuenta de que estaban en peligro de morir ardiendo, continuaban jugando y no hacían nada por escapar.
 
El viejo, claro está, sintió mucho temor por sus hijos y se preguntaba de que forma podría salvarlos. En primer lugar, pensó sacarlos de la casa uno a uno, ya que él era fuerte y hábil, pero enseguida se dio cuenta de que sería imposible sacarlos a todos a tiempo. Entonces decidió que mejor sería llamarlos y les grito: ¡La casa arde! ¡Estáis en un peligro terrible! ¡Salid rápidamente! Pero los niños no tenían ni idea de a lo que se refería el padre al decir que había peligro. Ellos siguieron con sus juegos, corriendo de allá para acá y mirando de cuando en cuando a su padre pero sin hacerle realmente caso.
 
El viejo veía que no había tiempo que perder, la casa podía derrumbarse en cualquier momento. En plena desesperación se le ocurrió otro plan. Los engañaría para hacerles salir de la casa. Conocía bien a cada uno de sus hijos, los distintos tipos de juguetes que cada cual prefería. Así que les gritó: ¡Salid y ved los juguetes que os he traído! Hay todo tipo de carrozas. Las hay tiradas por gacelas, tiradas por cabras y tiradas por novillos. Todas las tenéis aquí mismo, fuera de la verja de la casa. ¡Venid, mirad! Aunque los niños se habían mostrado indiferentes a todas sus advertencias, esta vez sí que le escuchan. Salen todos corriendo y rodando, empujándose y adelantándose para llegar antes a los juguetes nuevos.
 
Cuando el anciano se aseguró que todos los niños habían salido salvos de la casa, se sentó y suspiro con gran alivio. Pero los niños inmediatamente se pusieron a reclamar y exigir los juguetes que les había prometido. El anciano amaba muchísimo a todos sus hijos y quería darles todo lo que sus corazones deseasen. Y además era, afortunadamente, extremadamente rico; su riqueza era de hecho infinita, así que podía darles lo mejor de todo. Por lo tanto, en vez de darles las carrozas de tipos diferentes que les había prometido, les dio a cada uno una carroza magnífica y tirada por un novillo, una carroza mayor y mejor que la que jamás hubiesen podido imaginar. No fue engañoso de su parte prometerles una cosa y darles otra, ya que su motivación era el deseo por el bienestar y la seguridad de sus hijos.

A veces tengo la impresión, echando la vista atrás, revisando la probable historia del ser humano, que el mundo está plagado de Upayas que puestos consciente o inconscientemente han ido transmutando los modelos o mapas de la Realidad hasta nuestros días. El hombre una vez interioriza los nuevos modelos los confunde con la Realidad y recuerda los antiguos con una sonrisa en su semblante, una sonrisa que denota la ingenuidad de las viejas ideas, sin embargo en el fondo unas y otras se parecían en lo básico: se mantuvieron mientras fueron útiles para la supervivencia del ser humano, a veces para mantener a los más poderosos.

Existen “triquiñuelas”, pocas, utilizadas a lo largo de la historia con un buen propósito que beneficiaron al colectivo, otras, muchas más, que beneficiaron a unos pocos, y otras que no se pueden considerar triquiñuelas pues el creador y transmisor del nuevo modelo estaba convencido de su legitimidad, sin embargo cambiaron la visión del mundo durante un largo periodo. Uno de los primeros modelos de nuestro Sistema Solar es un buen ejemplo de este último tipo. Ptolomeo dedicó parte de su vida a estudiar el movimiento de los planetas con el fin de construir un modelo geométrico que permitiera predecir sus posiciones futuras. Este científico griego del siglo II d.c. creía que la Tierra estaba inmóvil y que era el centro del Universo, todos los astros giraban alrededor de nuestro planeta azul. Mediante su técnica proporcionó una explicación a la retrogradación de los planetas y a la distinta duración de sus revoluciones. Aunque su teoría era incorrecta en lo fundamental, sobrevivió durante catorce siglos porque era coherente consigo misma desde el punto de vista matemático y porque no entraba en contradicción con las ideas del dogmatismo religioso de la época. Lo que quería resaltar es que durante muchos siglos nadie puso en duda esta teoría y no fue hasta el siglo XVI que empezó a desmoronarse cuando Copérnico publicó su teoría heliocéntrica.

Otra triquiñuela, esta vez plenamente consciente, ambiciosa, egoísta y ansiosa de poder hasta la médula, consistió en la Donación de Constantino. Este fue un supuesto documento del siglo IV d.c. escrito por el Emperador Constantino que garantizaba a los Papas la soberanía sobre sus dominios territoriales y la primacía sobre los reyes y gobernantes del mundo. El problema es que este documento era falso y fue tramado por Pipino III y el Papa Esteban III para obtener una medida común a sus intereses: la coronación de Pipino como rey de los Francos en detrimento de la dinastía merovingia y la supremacía permanente del poder religioso sobre el poder temporal de los reyes, es decir la monarquía teocrática. Siete siglos después un polígrafo italiano llamado Lorenzo de Valla publica un tratado donde demuestra que el documento de la Donación de Constantino era más falso que un billete de tres euros, pero era demasiado tarde, el poder del Vaticano se había solidificado tanto como la piedra donde se edificó su Iglesia, y ya se sabe… las puertas del infierno no prevalecerán contra ella…

Un mundo construido sobre ilusiones que se mantienen mientras nos son válidas para la supervivencia, pero no olvidemos que el mapa nunca será el territorio y el nombre nunca será la cosa nombrada.