Antigua búsqueda del Jesús histórico

A principios del siglo XIX había multitud de personas que ponían en tela de juicio muchas de las cosas que hasta ese momento se habían defendido como dogma de fe en el cristianismo. Un grupo de teólogos alemanes tuvieron mucho que ver, se trata de la llamada Escuela de Tubinga de la Universidad del mismo nombre. Esta escuela sometió a la Biblia a estudio crítico, justo cuando el mundo empezaba a escribir de nuevo la historia con las expediciones y los descubrimientos que se estaban realizando. Con las incursiones de Napoleón en Egipto y otros lugares de Oriente Próximo, se iban dando a conocer nuevos manuscritos que enseñaban una nueva lectura de la historia del mundo antiguo, a la vez que se mejoraban las técnicas de datación y análisis crítico de los textos antiguos. En 1799 la Piedra de Rosetta había sido descubierta en Egipto por un capitán francés del ejército de Napoleón y en 1822 Champollion consigue descifrar su contenido.

David F. Strauss

En 1835 se publicó “La Vida de Jesús, examen crítico” de David Friedrich Strauss, de la Escuela de Tubinga, que tuvo un profundo impacto en la sociedad de entonces. En el libro afirmaba que Jesús no era una figura divina y que los milagros no eran más que un mito, afirmando que la Iglesia poco tenía que ver con lo que predicaba Jesus. Strauss concluía que “es muy poco lo que podemos decir con certeza que ocurrió realmente, y es bastante probable que todo aquello con lo que se relaciona en especial la fe de la Iglesia, los hechos de naturaleza milagrosa y sobrenatural de la vida de Jesús, nunca ocurrieran”.

George Elliot, la novelista inglesa que había traducido el libro de Strauss al inglés, se sintió profundamente afectada con su lectura y en 1842 dejó de acudir a la iglesia, eran muchas las dudas que tenía. El libro fue un auténtico cataclismo que perturbó a muchas personas, las cuales perdieron la fe, se iniciaba la “muerte de Dios”, muerte que Nietzsche declararía abiertamente más tarde en su aforismo número 125 de La gaya ciencia en 1888.

Por supuesto Strauss no lo tuvo nada fácil, antes de ocupar la cátedra como profesor en Zurich en 1839 las autoridades decidieron liberarle de la cátedra, aunque eso no fue suficiente para que las ideas que aparecían en su libro se propagasen como la pólvora. Ferdinand Christian Baur – maestro de Strauss – y el mismísimo Strauss contribuyeron a la “antigua búsqueda del Jesús histórico” que fue iniciada por Hermann Samuel Reimarus en el siglo XVIII. F. C. Baur defendía que los textos más antiguos del Nuevo Testamento fueron escritos en el siglo II, es decir los autores no fueron testigos directos de la vida de Jesús, a diferencia de lo que siempre había defendido la Iglesia, y eso también resultaba algo problemático para los dogmáticos.

F. C. Baur

Esta alta crítica que ponía en duda la autenticidad de la Biblia no sólo preocupaba a la Iglesia, algunos eruditos intentaron encontrar las pruebas que demostrasen que los textos fueron escritos en el siglo I ya que hasta ese momento todo lo que se conocía eran códices del siglo IV. Como ejemplo concreto tenemos a Konstantin von Tischendorf, que dejó su vida como profesor para ir a la búsqueda de libros más antiguos, era tal su preocupación en este aspecto que en 1865 escribiría el libro “¿Cuándo fueron escritos los Evangelios?” donde defendería que fueron escritos en el siglo I. En 1844 descubre en el monasterio de Santa Catalina del Sinai varios hojas de un códice que se conocería posteriormente como Códice Sinaítico, años después se encontrarían más hojas hasta las 400 páginas que existen en la actualidad, casi todas en el Museo Británico. Este códice es uno de los más antiguos códices de la Biblia, de mediados del siglo IV como el Códice Vaticano, hay quien afirma que este códice es uno de los 50 manuscritos que Constantino confirió a Eusebio de Cesarea para que lo preparara en el año 331 para las iglesias de Constantinopla.

Sinaiticus

Con ello, Tischendorf no pudo hacer realidad su sueño de encontrar manuscritos o papiros más antiguos y más tarde, cuando se empezó a dudar de la historicidad de Jesús, reconoció que “debemos admitir francamente que no tenemos ninguna fuente de información respecto a la vida de Jesús Cristo más que las escrituras eclesiásticas”.

El público en general conoció las ideas de Strauss y otros investigadores a través de diversos divulgadores que iban más allá de sus ideas. Así tenemos a Ernest Renan que dio a conocer la obra de Strauss a través de su obra “Vida de Jesús” en 1863. Renan había sido sacerdote pero rápidamente perdió su fe como otras muchas personas. El historiador Owen Chadwick dice que la sociedad inglesa se volvió secular entre 1860 y 1880, esto puede observarse por ejemplo en las memorias y novelas escritas en la época, que pasaron de ser de contenido religioso a otros contenidos como el político.

Para intentar contrarrestar todo lo que estaba surgiendo, en 1869 el Papa Pío IX convoca por sorpresa el Concilio Ecuménico Vaticano I para enfrentar al racionalismo y al galicanismo. En principio no parecía que fuese necesario un nuevo concilio para afrontar asuntos no tratados en el anterior Concilio de Trento pero las circunstancias lo hacían necesario. Este concilio estableció que los dogmas no pueden entenderse como resultados de “un hallazgo filosófico que deba ser perfeccionado por los ingenios humanos”, los dogmas son un depósito y esto debe entenderse según este concilio como:

“El depositum… no es algo que se han imaginado los hombres, sino cosa que han recibido (de Dios); no es algo que ellos han compuesto (inventum), sino cosa que a ellos les ha sido confiada (por Dios); una cosa, por consiguiente, que no es fruto de la ingeniosidad humana, sino de la enseñanza (recibida); no de uso privado, arbitrario (privatae usurpationis), sino tradición pública (es decir, que a todos obliga); una cosa no extraída de ti, sino traída a ti…, donde tú no eres autor, sino custodio; no maestro, sino discípulo; no guía, sino discípulo”

Está claro que la Iglesia necesitaba reaccionar contra esta nueva corriente, al igual que reaccionó a la Reforma Luterana con la Contrarreforma y la renovación de las órdenes mendicantes, y lo hizo a muchos otros peligros que la debilitaban, pero algo estaba por llegar…

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