La utopía revolucionaria (Heleno Saña)

Traigo aquí un artículo de Heleno Saña publicado en el nº 70 de la revista «Cultura para la esperanza» en el invierno del 2007. Era el inicio de la crisis que estamos viviendo y que desde entonces ha agitado conciencias y ha abierto muchos ojos de par en par.  Para mi estos años han sido la oportunidad de conocer un mundo que se me había ocultado durante toda mi vida, no hay mal que por bien no venga y nunca es tarde si la dicha es buena. Traspasado el ecuador de una existencia media este es uno de los mejores regalos que la vida me ha dado, sin duda…

Es importante conocer nuestro pasado, la lucha de la clase trabajadora que se dio en el periodo de entreguerras nada tiene que ver con la lucha que se está dando ahora, cierto que desde el 2007 se han incrementado las manifestaciones y las huelgas  pero son unos actos que no creo que inquieten a los que tienen la sartén por el mango, en muchos casos son acciones que refuerzan al sistema, más que debilitarlo, porque no se está cuestionando la esencia del mismo, sino que se está exigiendo que sea un capitalismo más amable con los ciudadanos pero nada se dice de los daños colaterales que se infringe al planeta y a muchos seres  humanos de otras latitudes por mantener el bienestar en el primer mundo, incluso el daño que se nos provoca a nosotros mismos al hacernos esclavos de relaciones verticales, relaciones que nos mantienen en el infantilismo y que impiden que nuestro potencial como seres humanos se manifieste más allá de lo conveniente. El poder de los pocos ha aprendido del pasado y se ha cuidado mucho que la clase trabajadora – que el pueblo en general – perdiera su conciencia histórica, la interiorización del modelo social que se nos ha inducido desde pequeños no sólo es responsable de deficiencias en nuestra personalidad o de habernos desconectado de nuestra esencia creadora, el asunto es mucho más profundo y en él no sólo han intervenido nuestros padres y entorno más cercano, interviene la sociedad en su conjunto pero principalmente los que tienen la posibilidad y los medios para dirigirnos hacia el redil continuamente, sin descanso, mediante una cosmovisión y una vida cotidiana que nos mantiene totalmente alienados de la realidad y que nos debilita como seres humanos, cada vez es más cercano un mundo de «seres nada» si no ponemos remedio, la medicina está en nuestro interior y en los vínculos de amor que podamos crear con el resto de nuestros iguales. Ahora si, el artículo…

LA UTOPÍA REVOLUCIONARIA por HELENO SAÑA

¿Qué queda de ella en la política europea actual?

No creo que sea injusto afirmar que las sociedades de la Europa actual se caracterizan esencialmente por su falta de ideales y de proyectos emancipativos dignos de este nombre. Me apresuro a consignar que el juicio de valor que acabo de emitir se refiere en primer lugar y especialmente a la casta dirigente del continente, cada vez más corrupta, irresponsable e incapaz de superar las aporías, anomalías, injusticias y problemas creados por su insaciable codicia material, su afán obsesivo de poder, su falta elemental de ética, su dureza de corazón y otras patologías antihumanas y antisociales no menos graves. Pero dicho esto tengo que añadir, con la consiguiente tristeza, que tampoco las clases trabajadoras son lo que fueron un día y lo que en un orden mínimamente óptimo de cosas deberían y podrían ser. Más alejadas que nunca de sus antiguos sueños redencionales, no conservan nada esencial de su pasado revolucionario, empezando por una categoría antaño tan elemental y consubstancial a la condición obrera como la conciencia de clase, sin la cual no puede haber tampoco una confrontación a fondo con el orden establecido. Aunque en su seno existan todavía militantes de buena voluntad que siguen luchando sincera y desinteresadamente por una Europa más humana, justa y solidaria, sus órganos de lucha se han convertido en organizaciones burocráticas desligadas totalmente de los ideales emancipativos de antaño. Por eso ya no se reunen para educarse y reflexionar en común, por eso ya no tienen ateneos ni centros culturales ni órganos de información propios ni nada de lo que crearon en los tiempos heroicos de la lucha contra el dominio del capitalismo. La cultura o pseudocultura de que se nutre hoy el obrero procede en gran parte de intelectuales al servicio de la burguesía, no corresponde a sus propias condiciones de vida ni contribuye a su emancipación mental. El solipsismo triunfa sobre la solidaridad, el individualismo sobre el compañerismo. También los obreros dan prioridad a su «privacy» y a las pequeñas o grandes satisfacciones de su vida personal o familiar, también ellos se desentienden cada vez más de los debates de la «res publica» y se dejan narcotizar por la industria de la diversión y el espectáculo que el sistema ha montado para que no cobren conciencia de su condición de «esclavos sublimados» (Marcuse).

Hay épocas rebeldes y épocas dóciles, épocas que protestan y épocas conformistas, épocas que viven en conflicto casi continuo con el poder establecido y épocas que se someten a su dictado sin apenas rechistar. El momento histórico actual pertenece, en esencia y con pocas excepciones, a estas últimas. Ortega y Gasset, alarmado por la fulminante irrupción de las clases trabajadoras en la vida pública de la Europa de entreguerras, no dudó en hablar, en su famoso libro, de la «rebelión de las masas». Pero ya apenas terminada la II Guerra Mundial, Albert Camus podía afirmar, sin no menos razón, que «la verdadera pasión del siglo XX es la servidumbre» (L’homme révolté). Es el autor francés quien a la larga ha demostrado ver más claro. Porque si hay algo que caracteriza al individuo de la sociedad de consumo no es la rebelión, sino la sumisión. El «nuevo orden mundial» surgido tras el desmoronamiento del imperio soviético constituye el apogeo de la conciencia servil y el descenso vertiginoso del espíritu crítico y contestatario que ha caracterizado las fases más fecundas de la vida europea. Nunca fue tan fácil mandar ni nunca hubo tanta gente dispuesta a obedecer, también en el seno de las propias masas asalariadas.

¿Qué ha ocurrido?

¿Cómo ha sido posible y cuáles son las causas de este proceso regresivo, de la pérdida u olvido de la identidad y de la ilusión utópica del proletariado? ¿Se debe ello a que las teorías sociales surgidas en el siglo XIX eran erróneas y no correspondían a las necesidades del hombre y la sociedad? No es en esa dirección donde hay que buscar la respuesta al problema que estamos analizando. El hecho de que estos ideales fueran en su día pisoteados brutalmente por el marxismo-leninismo-estalinismo y que otras corrientes ideológicas no estuvieran tampoco a la altura de las circunstancias como la socialdemocracia alemana a partir de 1914- no significa en absoluto que las reivindicaciones y postulados de justicia, de igualdad y de solidaridad defendidos por el movimiento obrero desde el primer momento hayan perdido su razón de ser. No sólo siguen conservando su plena legitimidad y vigencia, sino que están más justificados que nunca. Y ello por la sencilla razón de que estamos asistiendo desde la década del setenta a una reproletarización de las condiciones de vida y de trabajo de las clases asalariadas. El concepto de «working poor» fue acuñado en los EEUU, pero forma parte desde hace tiempo de la realidad socioeconómica europea. El capitalismo salvaje hoy imperante no es un ápice mejor que el capitalismo manchesteriano, aunque las conquistas logradas desde entonces por las clases trabajadoras hayan puesto ciertos límites al proceso de explotación. Pero la tendencia del poder económico y buena parte del político es la de reducir a cero la capacidad de resistencia de las organizaciones sindicales e imponer la hegemonía total del capital sobre el trabajo. Y en gran parte lo han logrado ya. La «Realpolitik» se ha impuesto sobre las visiones del pensamiento emancipativo, el «principio esperanza» de Ernst Bloch ha dado paso a la desesperanza y la desilusión. En vez de revolución tenemos «political correctness». Hoy más que nunca se confirma la tesis marxiana de que el pensamiento dominante en cada época es siempre el pensamiento de la clase dominante. Impera no la razón humana, sino la razón utilitarista de la burguesía. El obrero europeo ha dicho adiós a sus sueños de liberación para conformarse mal que bien con el modelo de vida impuesto por el sistema.

La represión sublimada

Para domesticar a las clases trabajadoras y anular su espíritu de resistencia, el sistema se ha valido no de la represión abierta, como antaño, sino preferentemente de la represión no violenta y sublimada, consistente en integrar al obrero en su proceso de producción y reproducción y hacerle creer que sus intereses coinciden con los de las clases dominantes. La dialéctica hegeliana del amo y el esclavo funciona a maravilla. Y ello sin necesidad de recurrir a la opresión abierta, como en los regímenes totalitarios, sino con el consentimiento o resignación de las propias víctimas. De ahí que la antigua confrontación entre capital y trabajo haya sido sustituida por la «partneship» o conjunción de intereses de ambos bandos. De vez en cuando se producen ciertamente conflictos y huelgas, pero su objetivo no es el de poner fin al sistema, sino de arrancarle algunas concesiones salariales que se convierten en nulas a través de un aumento de los precios y de los impuestos y del desmontaje de las prestaciones sociales, cada vez más exiguas y precarias.

La reacción del asalariado ante la dictadura cada vez más brutal de los detentadores del poder no es la rebeldía, sino el miedo. El «mi ser es miedo» de Kafka ha dejado de ser el estado de ánimo de un intelectual desarraigado para convertirse en un estado de conciencia colectivo. Es la consecuencia inevitable de lo que la politóloga francesa Vivianne Forrester llamó hace algunos años «L’horreur économique». Más de dos tercios de la población trabajadora de Alemania renuncian a darse de baja por enfermedad por miedo a perder su puesto de trabajo, un fenómeno extensivo en mayor o menor grado a todos los países de la Unión Europea. O como escribe Zygmunt Bauman en su libro «Modernity and ambivalence», «en la sociedad postmoderna de consumidores, el fracaso se transforma no en protesta política, sino en conciencia de culpa y de vergüenza». Uno no necesita ser marxista para recordar que hace ahora más de 150 años Marx y Engels señalaron ya en su «Manifiesto Comunista» la situación de «inseguridad perpetua» que el capitalismo crea. Pero no es sólo el miedo lo que paraliza al proletariado europeo y a sus órganos representativos, sino el desconocimiento casi total de lo que fue la teoría y la praxis del movimiento obrero en el siglo XIX y primer tercio del XX. El lavado de cerebro practicado por el sistema ha logrado convertir al obrero en escueto «homo consumens» y borrar de su conciencia todo vestigio de voluntad emancipativa. La conciencia de clase que George Lukacs ensalzó en su famoso libro como el arma más contundente del proletariado, ha pasado a ser desde hace tiempo una figura de museo y un bello recuerdo del pasado. El desconocimiento de los propios valores es otra de las manifestaciones del estado de alienación general en que se encuentra el obrero tanto como sujeto particular como colectivo. Se cumple una vez más una ley histórica siempre repetida, como señala Leszek

Kolakowski en su libro «El reacionalismo como ideología»: «Está claro que la secular dependencia de inmensas masas humanas respecto de unas clases privilegiadas, cuantitativamente escasas, sólo ha sido posible con la ayuda de una eficaz obnubilación de la conciencia de los oprimidos acerca de su propia situación, o sea, con la ayuda de una ideología impuesta a las masas por unas pocas capas dominantes, pero en posesión de todos los medios de información y comunicación».

Los partidos de izquierda

Los programas, la conducta y la terminología de los actuales partidos de izquierda tienen muy poco o nada que ver con lo que eran en otros tiempos. Me refiero especialmente a los partidos socialdemócratas, socialistas y al Partido Laborista británico, que son los supervivientes de la «izquierda histórica» y los únicos dotados todavía de una notable envergadura cuantitativa. Por lo que atañe a los partidos comunistas, o han pasado a mejor vida o han tenido que cambiar de siglas o fundirse con otros sectores ideológicos para poder sobrevivir. Su impacto en la vida política es secundario y sin relieve, en Alemania, Inglaterra y los países escandinavos prácticamente nulo. Y lo mismo cabe decir de los países de la Europa del Este, sin descartar a Rusia, el antiguo baluarte del «socialismo real» cuyo actual partido comunista tuvo que conformarse en las elecciones de noviembre último con algo más del diez por ciento de los votos. Y lo poco que queda de ellos en los países latinos son en realidad cadáveres flotantes con escasas posibilidades de volver a renacer y a recuperar la fuerza que un día tuvieron.

Lo primero que los partidos socialistas y socialdemócratas de origen marxista lo que reza en particular para el Partido Socialdemócrata Alemán- han hecho en las últimas décadas es erradicar de sus programas todo vestigio de su doctrina fundacional. Todos ellos se han ido adaptando a las condiciones impuestas por el gran capital y asumido el positivismo, el pragmatismo y la razón instrumental predominantes hoy en el campo de la teoría y la praxis política. De ahí que carezcan de visiones emancipativas dignas de este nombre y no ofrezcan ninguna alternativa al sistema. Su posición fundamental es el fariseísmo, el doble juego y una terminología abstracta y ambigua que no compromete a nada concreto, y menos a emprender reformas encaminadas a mejorar sustancialmente la suerte de los estratos menesterosos y desfavorecidos de la población. Por supuesto han dejado de ser partidos obreros para convertirse en partidos burgueses. De ahí que sus representantes en el Parlamento procedan en su mayoría de las clases medias, que en la sociedad tardocapitalista son los cuadros profesionales encargados de administrar el aparato técnico del sistema. Marx y Engels se equivocaron de plano al vaticinar que la creciente polarización de la sociedad entre proletarios y capitalistas conduciría a una extinción de la clase media, una profecía que Bernstein fue el primero en rebatir. La política es hoy un dominio de las clases medias, y dentro de ellas, de los abogados, que como Max Weber viera muy bien, son el sector profesional más idóneo para desempeñar esta función. Que Felipe González y Rodríguez Zapatero pertenezcan a esa rama profesional no es un producto del azar, sino la confirmación de un fenómeno muy extendido en todos los países europeos. Por razones estratégicas y de imagen, los socialistas de nuevo cuño conservan los nombres y las siglas de sus antecesores, pero no su sustancia original, cada vez más diluida y vacía de contenido. Tampoco son dirigidos por obreros o líderes entregados en cuerpo y alma a la causa obrera, como en otros tiempos, sino por tecnócratas y funcionarios sin vínculos profundos con los estratos humildes de población o con lo que antaño se denominaba «pueblo». No necesito subrayar que los partidos socialistas y socialdemócratas lo mismo que el laborista- no gobiernan para las clases trabajadoras y los sectores desprivilegiados de población, sino para el capital financiero e industrial. Baste en este contexto mencionar las excelentes relaciones existentes entre Rodríguez Zapatero y Botín y otros banqueros de pro. Pero más grave y significativo es todavía que también en períodos de gobierno socialista o socialdemócrata, los grandes consorcios siguen multiplicando sus márgenes de beneficios, a la vez que se multiplica la pobreza, la precariedad laboral y la marginación social. Los políticos socialistas, socialdemócratas y laboristas gobiernan naturalmente también para sus propios bolsillos, lo que explica los escandalosos emolumentos y privilegios que sus representantes en los Parlamentos y en el Senado se adjudican a sí mismos.

Los partidos socialistas no son hoy ni siquiera el taller de reparaciones del capitalismo, como de ellos decían despectivamente los marxistas durante las décadas de la guerra fría. Después de haberse despojado de su doctrina de origen, han pasado a ser la versión europea del partido demócrata norteamericano. Igual que éste, los partidos socialistas y socialdemócratas europeos no han solucionado ninguna de las aporías del capitalismo, y no pocas veces las han agravado, como en los últimos años el ex canciller Gerhard Schröder en Alemania o Tony Blair en Inglaterra. Y lo mismo cabe decir «mutatis mutandis» de Rodríguez Zapatero, quien presume de ser el jefe de gobierno de la octava potencia económica del mundo pero silenciando que el 20% por ciento de la población española vive por debajo del índice de pobreza. Como en los EEUU, el «big business» puede contar ahora con dos opciones políticas a su favor: con la tradicionalmente conservadora y con la que sigue denominándose socialista, socialdemócrata o laborista, con la seguridad de que gobiernen unos o los otros, los ricos seguirán siendo ricos y los pobres, pobres. Lo demás es retórica de mitin, propaganda electoral e instrumentalización de la verdad.

Reflexión final

En las últimas décadas han surgido en Europa como en otros continentes- un gran número de movimientos sociales, organizaciones no gubernamentales, plataformas ecologistas, foros feministas e iniciativas cívicas de diverso género, pero al margen de la función positiva que hayan cumplido y siguen cumpliendo, no han logrado llenar el vacío utópico dejado por la crisis del ideario obrero. De la misma manera, estas fuerzas alternativas de nuevo signo tampoco han conseguido hasta la fecha conmover seriamente los cimientos del orden reinante. Y a pesar de sus incesantes actividades, de su compromiso militante y de su presencia en la vida pública, su testimonio no ha llegado suficientemente a las masas asalariadas. Ya a partir de la Asociación Internacional de Trabajadores, las clases trabajadoras estuvieron divididas a menudo por notables y a veces abismales diferencias ideológicas o estratégicas, pero compartían el ideal de sustituir el capitalismo por una sociedad sin explotadores ni explotados. Esta motivación utópica falta no sólo al obrero de la sociedad de consumo, sino también a los nuevos movimientos críticos y oposicionales, más inclinados a corregir determinados excesos, abusos e irregularidades del sistema que a suprimir éste en su totalidad. De ahí que sus reivindicaciones y planteamientos sean de signo más reformista que revolucionario, y por ello, insuficientes para combatir a fondo y en sentido exhaustivo la hegemonía cada vez más brutal, inhumana e irresponsable del gran capital y sus lacayos políticos y mediáticos de turno. Con ello no quiero decir que las reformas parciales carezcan de valor; lo tienen, pero sólo alcanzan su pleno sentido cuando son concebidas en función de la liberación total. Tampoco se trata de que los nuevos movimientos antisistémicos sean un remedo mecánico de la teoría y la praxis del antiguo proletariado, ya por el solo hecho de que el mundo se enfrenta a desafíos y problemas antes desconocidos. No necesito subrayar que detrás de estas palabras no hay la más mínima intención de enmendar la plana a nadie, sino que su única finalidad es la de propiciar un proceso de reflexión y de profundización en el seno de todas las fuerzas que, con mayor o menor fortuna pero con la mejor voluntad luchan por un mundo más justo, más humano, más solidario y más acorde con las verdaderas necesidades del hombre.

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