Comunas campesinas y cooperativas (El laberinto español)

15MLa aparición el pasado año del movimiento 15M y de las acampadas a lo largo y ancho del territorio de los pueblos de la península ibérica, la naturalidad y sentido de plenitud con la que las gentes en las plazas se comportaban durante sus asambleas, lleva a la reflexión si esto podría tratarse de una característica profundamente arraigada en las clases populares de la península ibérica.
He extraído unos textos del libro «El laberinto español» del escritor británico Gerald Brenan que precisamente tratan sobre ello.
Quien mira desde este lado de los Pirineos, puede parecer que la principal virtud de España reside en su intratabilidad. La muerte por monotonía, por uniformidad, por despersonalización, – si conseguimos escapar a la destrucción en otra guerra – es el destino que nos ofrece este bonito mundo nuevo que se caracteriza por la amalgama y el control universal. A esa muerte opondrá España una prolongada resistencia. (Gerald Brenan – 1943)
Cuando se produjo el alzamiento militar en julio de 1936, todos los pueblos de las zonas anarquistas derrocaron a sus ayuntamientos y comenzaron a gobernarse por medio de su sindicato. El sindicato consistía simplemente en la asamblea de todos los hombres y mujeres del pueblo pertenecientes a la clase trabajadora, estuviesen o no afiliados a la CNT. Se reunían una tarde cada semana y, durante varias horas, discutían los problemas locales. Todo el que lo deseara tenía derecho a hablar. El sindicato elegía un comité que gobernaba el pueblo y que era responsable ante él, de un modo similar a como el gobierno británico es responsable ante el Parlamento. Este sistema no era una invención del momento. Muchas veces, durante los últimos setenta años, cada vez que el triunfo de una huelga o de un alzamiento lo permitía, aparecían organizaciones similares para hacerse cargo del gobierno del pueblo. La única cosa que produce sorpresa es la rapidez, espontaneidad y facilidad con que estos sindicatos hacían su aparición y la satisfacción que proporcionaban a los pequeños propietarios de tierras y a los obreros agrícolas. Todo el conjunto trabajaba con tal naturalidad como si el pueblo no hubiera conocido nunca otro sistema. Esto nos lleva a investigar si tal modo de administración de los pueblos fue realmente una invención anarquista. Por el contrario, el sindicato y el comité de 1936 eran en todos los aspectos idénticos al concejo abierto y al cabildo de las comunas medievales españolas. Las ciudades y pueblos de la edad media en España eran gobernados por una asamblea de todas las personas adultas de la población, llamada Concejo abierto. (Gerald Brenan – 1943)
Comunas campesinas y cooperativas (El laberinto español)

En el siglo XVIII muchas ciudades pequeñas y pueblos del norte de España poseían la mayor parte y a veces toda la tierra de su vecindad y la dividían en lotes de vez en cuando entre los hombres válidos del lugar. Este sistema comunal (o, como es llamado a veces, colectivista) de posesión de la tierra condujo con frecuencia a las municipalidades a embarcarse igualmente en otras actividades comunales. Como ilustración de la forma de trabajar de estas comunidades, daré un extracto de una autobiografía inédita de un cura liberal, don Juan Antonio Possé (copiada por don Gumersindo de Azcarate en «Vestigios del primitivo comunismo en España», publicado en Boletín libre de enseñanza, agosto 1883) en el que describe el pueblo de Llánabes de la provincia de León en los años 1790-1793: «La administración es admirable.  El cirujano, el pastor de ganados, el herrero, la tienda del boticario, las indulgencias o bulas papales, las letanías, etc., todo era provisto gratuitamente por la municipalidad. La sal, las semillas para la siembra y todo lo que resta de los bienes propios es dividido entre el pueblo justa y equitativamente. Todas las tierras son comunes y son repartidas cada diez años por lotes y en iguales porciones entre todos los vecinos del lugar […] Sólo hay un mayorazgo en el pueblo»
Joaquín Costa, que copió este pasaje en su Colectivismo agrario (p. 348-349), añade que Llábanes no había aún cambiado en su tiempo (1898) y que otros pueblos de los alrededores seguían el mismo sistema. Era, de hecho, una reliquia de una forma de poseer la tierra general en tiempos pasados en todo León y en parte de Extremadura y de Castilla la Vieja. La tierra dividida en esta forma se le daba el nombre de «quiñones»
Las comunidades no eran siempre agrícolas. En los valles de los Pirineos se encuentran comunidades de pastores que poseen las tierras de los pastos y gobiernan todos sus asuntos de un modo similar. En una de éstas, descrita por John Langdon Davies en su libro Behind the barricades, toda la tierra, excepto la de las casas y jardines pertenecía al pueblo: el médico, el barbero, el herrero, el veterinario junto con el cirujano y la farmacia eran mantenidos por el ayuntamiento, las semillas eran distribuidas gratuitamente todos los años, había una cooperativa para proveer de todas las cosas y los campesinos vestían aún según la moda del siglo XVIII. El color político de este pueblo, cuyo nombre es el de Ansó, era neutral,pero el cura era muy popular y el territorio de alrededor era carlista. Aunque Langdon Davies asegura quelas tierras de pasto pertenecían a un terrateniente benévolo, es muy probable que esté equivocado en esto pues hace cincuenta años los pastos de estos valles y de otros muchos de los Pirineos eran comunales.  Así, Ansó nos da otro ejemplo de una cooperativa municipal basada en un sistema de propiedad común que data de tiempos remotos, aunque francamente no sé si esta cooperativa es una fundación moderna o se remonta, como Llábanes, al siglo XVIII.
Estas comunidades de pasto no son, no obstante, exclusivas de los Pirineos; existen también en Cáceres y en las montañas de Asturias. El pueblo de Caso, por ejemplo, que tiene 15.000 habitantes, tiene 20.000 cabezas de ganado en colectividad, no teniendo tierras laborables en absoluto. Pero, debemos ir a Cataluña si queremos ver las mayores extensiones de empresas comunales. Muchas de estas son industriales tales como la verdaderamente antigua de Bagur que se dedica a la fabricación de redes para la pesca. Otras son comunidades pescadoras y aquí no puedo hacer nada mejor que copiar la descripción que John Langdon Davies hace de una de éstas en un pueblo llamado Port de la Selva. Sus observaciones fueron hechas en 1936 poco antes de estallar la guerra civil, y gentilmente me ha permitido leer un pequeño folleto que trajo consigo a su vuelta a Inglaterra y que contenía las reglas de la comunidad:
El pueblo estaba dirigido por una cooperativa de pescadores: poseían las barcas, las redes, la fábrica delas mismas, el almacén de víveres, el frigorífico, los vehículos de transporte, los olivares y la refinería del aceite, el café, el teatro y la sala de reuniones. Habían desarrollado el pósito, o fondo municipal poseídopor todos los pueblos de España, como un seguro contra muerte, accidente o pérdida de embarcaciones. Acuñaban su propia moneda. Imponían multas en casos de pendencia, insultos, murmuraciones contra las gentes y por toda acción opuesta a la moral y al decoro. Según el artículo 6 de su ley, la diversión de los componentes de la comunidad consistiría en danzas y la expansión, en el teatro, el cine, en veladas científicas y literarias y en lecturas sobre agricultura y piscicultura.
Port de la Selva era una república libertaria en pequeño y realizaba el ideal de todos esos pueblos de Cataluña, Andalucía y la misma Castilla, que, en épocas diferentes durante el pasado siglo, habían proclamado su independencia y procedido a la división de tierras y a la emisión de su propia moneda. Langdon Davies creyó, de buena fe, que ello había sido creación de los anarquistas y, sin embargo, no fue así. La constitución de Port de la Selva de aquel tiempo había sido creada en 1929, poco antes del advenimiento de la República, por el movimiento cooperativista fundado en 1860 por el furrierista Femando Garrido. Este movimiento que no es nada revolucionario, ha mantenido a distancia al anarquismo y al socialismo político y ha triunfado estableciendo en varias partes de España cooperativas productivas semejantes a la de Port de la Selva. Lo que es interesante de observar es cuan naturalmente se adaptan estas cooperativas a la escena española, ya que Port de la Selva es una de las viejas comunidades pescadoras de Cataluña que han existido desde tiempo inmemorial. De Cadaqués, unos kilómetros más lejos, se sabe por documentos contemporáneos que había sido organizado de modo similar allá por el siglo XVI. Otros documentos guardados en la iglesia del lugar hablan de Port de la Selva con su industria pesquera comunal. (Véase Colectivismo agrario de Joaquín Costa, p. 579-582.) Otra comunidad pesquera exactamente igual, en Tazones, cerca de Villaviciosa en Asturias, es descrita por el profesor Antonio Camacho en la Revista Nacional de Economía.
Henos pues ante una cooperativa productiva moderna encajada en una organización comunal antigua y funcionando perfectamente. Lo que ha sido hecho en Port de la Selva, rodeado de influencia anarquista, ha sido hecho también en Ansó, de ambiente carlista, mientras que la organización de cooperativas de Llánabes data del siglo XVIII y precede así al menos en sesenta años al movimiento cooperativista europeo. Así, Llánabes ofrece un ejemplo más de lo verdadero de la observación de San Agustín: «Noliteforos iré, in interiore Hispaniae habitat veritas»: No hay necesidad de buscar influencias del exterior: el origen de todas las cosas de España está en la España misma.
En cuanto a los orígenes de estas comunidades agrícolas y pastorales, se ha probado que datan de la edad media (siglos IX y X) cuando los reyes y los nobles ansiosos por repoblar la inmensa zona árida existente entre los montes Cantábricos y los territorios que estaban en poder de los árabes, daban tierras a comunidades de siervos liberados (las llamadas «familias de criación») en condiciones muy ventajosas. Se usaban dos formas de cartas: o bien la «carta puebla» o «carta de población», como era asimismo llamada, que era un simple contrato hecho por el propietario de la hacienda con la comunidad, o bien un «fuero municipal», que aportaba consigo ciertos privilegios jurídicos y de autogobierno y que precisaba del consentimiento del rey. En ambos casos la costumbre era la de dar un solar a cada familia y la tierra a la comunidad que la dividía por periodos fijos entre todos sus miembros. Las villas que recibían «cartas municipales», eran sobre todo mercados (y por esta razón obtenían privilegios más extensos) y se desenvolvían de modo diferente que las pequeñas aldeas que solamente tenían «carta de población»
Después de la reconquista de Toledo en 1085 cesaron de darse «cartas de población» Las nuevas tierras que iban siendo reconquistadas tenían una población musulmana. Las órdenes militares y los nobles a quienes el rey concedía extensiones de terreno se valían de esclavos moros para trabajarlas. Las ciudades recibieron «fueros municipales» y generosas donaciones de tierra. Los emigrantes cristianos que venían a ocuparla formaban un elemento aislado dentro de una población heterogénea. Todo lo que podemos decir basándonos en las referencias históricas (ya que no se han hecho investigaciones sobre los orígenes de la cuestión agraria en España) es que el contacto con los esclavos moros fue desmoralizador para los nuevos detentores de la tierra y, en consecuencia, las tierras que estaban en común, al dejar de ser trabajadas, quedaron para el pastoreo llegando a ser, con el tiempo, monopolio de la gente rica quien, sola, instaló allí sus rebaños. No hay modo de hallar la menor traza de comunidades agrícolas al sur del Tajo.
En cuanto a las comunidades de pastores en los Pirineos, no se sabe si se formaron como las comunidades agrícolas de León y Castilla por la necesidad de contentar a los habitantes de la región fronteriza con algo por lo que valiera la pena luchar, o si datan de tiempos más antiguos. Es muy significativo que algunas de las tribus celtíberas descritas por Estrabón y por Diodoro de Sicilia practicaban precisamente un sistema similar comunal de agricultura y pastoreo. Es evidente que por toda España han conservado los pueblos el sistema comunal de pastoreo desde los tiempos romanos y visigodos.
Desde luego, no hay nada que sea muy original en este sistema comunal de cultivar la tierra. En un tiempo fue general: en Rusia (el «mir»), en Alemania (el «flurzwang»), en Inglaterra (el sistema de «campo abierto») Lo que es, no obstante, digno de observación es que en España las comunidades de los pueblos desarrollaban espontáneamente, sobre esa base, un sistema extensivo de servicios municipales llegando a veces a alcanzar un estado avanzado de comunismo. Como hemos visto en el caso de Port de la Selva, la municipalidad proveía al pueblo de todo lo que necesitaba para su vida diaria y lo sostenía en caso de enfermedad o de vejez. En Llánabes hallaba sus necesidades de la otra vida igualmente atendidas.
Podemos preguntarnos si es el carácter español o las circunstancias económicas lo que ha conducido a este sorprendente desarrollo. Está claro que las peculiares condiciones agrarias de la península, la gran desolación de muchos pueblos y la tardanza en el surgimiento de un elemental sistema capitalista hayan jugado su parte, pero no han sido los únicos factores que han contribuido. Cuando consideramos el número de cofradías que, hasta no hace mucho tiempo, poseían y trabajaban la tierra en común en previsión a la vejez y como seguro para caso de enfermedad de sus miembros; cuando consideramos instituciones populares como la de Cort de la Seo en Valencia regularizando con una base puramente voluntaria un complicado sistema de regadío; cuando consideramos, por último, el sorprendente desarrollo, en años recientes, de las sociedades cooperativas y productivas en las cuales campesinos y pescadores adquirían las herramientas de trabajo, la tierra que necesitaban, las instalaciones necesarias para comprar y vender en común, debemos reconocer que la clase trabajadora española posee un talento y capacidad espontáneos para la cooperación que excede a todo lo que se pueda hallar hoy en otros países europeos.
Comunas campesinas y cooperativas (El laberinto español) – Gerald Brenan

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