El problema del mal (texto de Antonio Blay)

Planteamiento del problema

En el trabajo relacionado con la vida espiritual, a veces se producen dificultades derivadas de las dudas que surgen en la propia mente, las cuales crean desconfianza e indecisión e inhiben nuestro progreso. Estas dudas se refieren básicamente al problema del mal. Sucede que las personas se enfrentan frecuentemente al mal y al dolor en sus varias formas y grados, dentro y fuera de sí mismas, y esto engendra estas dudas y actitudes contradictorias.

Hemos hablado de que el acercarnos a Dios debería ser el alfa y omega de nuestra vida, ya que todo cuando existe es expresión de la inteligencia, la voluntad y el amor de Dios. Y realmente, algo nos dice que es cierto que Dios es la base, el fundamento de todo, y que de algún modo todo ha de participar de esta naturaleza de lo divino. Pero por otra parte, nuestra experiencia cotidiana nos hace vivir con recelo, con desconfianza, replegados en nosotros mismos, siempre en una actitud de protección, de defensa, de temor. Pero esto no debería ser así, ya que si toda la existencia, toda la manifestación (o creación) es esta expresión divina en múltiples grados y modos, si todo es expresión de la naturaleza de Dios, todo debe participar de esta naturaleza divina en un grado u otro. Así, pues, ¿por qué existe el mal? ¿Qué es el mal?

Dios de ninguna manera ha creado el mal. Dios de ninguna manera permite el mal. El mal no tiene nada que ver con Dios. El mal, en todas sus formas y manifestaciones, no tiene existencia real, su existencia es aparente. No es una cosa como una silla (por ejemplo), que sí es una cosa, o como el pensar, que sí es una cosa; o como una montaña, que sí es una cosa. El mal no es una cosa, ni física ni sutil. El mal es sólo una apariencia, es un contraste entre dos cosas que son positivas. Aparece cuando vivimos simultáneamente varias modalidades o niveles de la expresión de Dios, y encontramos a faltar en el nivel inferior lo que vivimos o aspiramos a vivir en el nivel superior. Es esa diferencia de niveles lo que crea el contraste, lo que crea esta sensación de ausencia, de defecto, y a este defecto le llamamos mal; aparece como mal.

En el nivel material, las leyes físicas (de la materia) son completas, son perfectas en sí mismas. A un eslabón superior, en el nivel biológico y vital, lo que existe es perfecto, pues una mirada penetrante y objetiva nos hace ver la ingeniería maravillosa de todo lo viviente. Es perfecto lo que hace mover a este nivel vital; esos impulsos, esas necesidades básicas que mueven a los seres vivientes a satisfacer su apetito, a crecer, a consolidarse, a multiplicarse, incluida su capacidad de defensa y de ataque, lo cual es la base de su supervivencia y de su fortalecimiento, como individuos y como raza. Pero a un nivel superior, humano, en donde cabalgan juntos las leyes físicas, las leyes afectivas, mentales y espirituales, entonces -aunque cada nivel tenga en sí su perfección, aunque cada nivel sea totalmente positivo en sí mismo-, en la conciencia, en la mente que vive conjuntamente estos niveles, es donde se vive una complejidad, una variedad en la que se crea esta apariencia.

No se puede pedir a un nivel lo que es propio de otro

Generalmente, la mente no está bien estructurada de manera que cada cosa se viva en su propio nivel. Estos contrastes, estas diferencias surgen cuando la persona trata de vivir su afirmación mental a través de lo vital, o su satisfacción emocional a través de lo sexual; o cuando trata de que lo espiritual se ponga a las órdenes de su yo personal; cuando manejamos los niveles subordinando unos a otros en lugar de vivir cada uno en su propio nivel. Si yo pido, en lo vital, la perfección que intuyo y deseo en lo espiritual, me encontraré con que lo vital no responde a este nivel de perfección que intuyo en lo superior. Lo espiritual es esencialmente una Unidad, una Belleza, una perennidad, un Bien, un Éxtasis. Esa realidad, en lo vital, se manifiesta convertida en la fuerza de la unidad biológica de cada individuo, es esa Inteligencia Universal pero vivida al servicio de la subsistencia y desarrollo de la unidad biológica aislada; y el sentido de unidad -en esas pequeñas unidades que son los seres vivientes- sólo se vive subordinado a unas unidades mayores que llamamos razas o familias biológicas.

Así, esta noción de Unidad total, sea noción de Bien, de permanencia, no puede expresarse a este nivel vital porque su modo natural de manifestación es a través de la oposición, de la lucha, del cambio o de la violencia. Y eso, que es correcto en el nivel biológico, aparece como sumamente imperfecto en el nivel espiritual. Y si pretendemos que lo espiritual se manifieste en lo biológico -en tanto que espiritual-, nos equivocamos, es una imposibilidad, ya que sería una negación de lo biológico en sí mismo.

Entonces nos lamentamos de la crueldad que hay en la ley biológica, en que cada uno vive en cierto grado a expensas de los demás; en que cada uno trata de defenderse y atacar para sobrevivir individualmente. Por ello, estas leyes pueden parecernos crueles. Pero sólo son crueles porque pretendemos que en el nivel biológico se manifieste una cosa de un nivel distinto, superior.

En nuestra vida humana, regida por la mente y la afectividad al servicio de la personalidad individual, el bien de esta personalidad es asimismo su subsistencia, su afirmación y desarrollo como personalidad individual. También aquí yo he de defenderme de los demás y he de fortalecerme como unidad, he de luchar para mantener mi sitio, para mantener mi equilibrio en relación con las circunstancias y con las demás personas, he de diferenciar constantemente lo que es favorable para esta subsistencia individual -sea a nivel físico, afectivo o mental- de lo que es perjudicial. La mente, en este sentido, es un instrumento maravilloso para organizar esta vida individual.

Pero en mi aspiración hacia una felicidad que no esté oscurecida por nada, hacia una noción de Belleza luminosa, hacia una noción de perennidad, etc., cuando esto lo busco pretendiendo vivirlo a través de lo personal, a través de mi unidad como persona concreta, entonces es cuando surge el que yo soy débil, soy frágil, soy ignorante, el que mi organismo está sujeto a un decaimiento, a unas enfermedades, a la muerte, el que mi mente es susceptible de muchos errores, el que estoy sometido a muchas limitaciones, el que la afectividad, que vive unas cosas buenas, inevitablemente vive también otras desagradables; entonces eso que es completo en el propio nivel del individuo aislado, pasa a ser incompleto, insatisfactorio, frustrante, cuando la persona lo vive buscando lo Superior a través de lo inferior.

Es siempre a través de este contraste, de esta comparación, de pretender que lo inferior nos dé el resultado de lo superior, es en razón de esta tergiversación de planos cuando encontramos constantemente contradicciones, cuando nos encontramos incompletos, imperfectos, cuando surge el error, el sufrimiento, el mal.

Soluciones mediante el trabajo

Podemos hacer dos cosas para resolver este problema del mal.

1. Puedo educar mi mente para que aprenda a vivir cada nivel por sí mismo, sin otras atribuciones. Entonces, yo aplicaré a mi cuerpo las leyes propias de lo biológico; a mi vida personal, las leyes propias del equilibrio y de la convivencia humana (en su relatividad); y aplicaré a mi vida espiritual las leyes propias de lo espiritual. Pero sin pretender subordinar lo superior a lo inferior, sin querer convertir, por ejemplo, mi vida espiritual en un medio para satisfacer mi egocentrismo, o para compensar mi ansiedad o mi inseguridad. O sea, tendiendo a descubrir la verdad de cada nivel en cada momento, con una disciplina de la actitud ante cada cosa y situación.

2. También puedo descubrir que, en el fondo, todo lo que yo busco a través de los distintos niveles, es, en un grado u otro, una expresión de lo que está en Dios, una expresión de la Fuente. En la vida espiritual se pretende que la persona se abra directamente a Dios, reconociendo a este Dios no solamente como la razón de ser de todo cuanto existe, sino también como finalidad de todo lo que existe; no sólo como la razón de ser de mi vida, sino como objetivo de mi vida. Y todo lo que yo estoy buscando a través de mi nivel emocional, biológico, mental, social, familiar, profesional, recreativo, etc., no es más que unas particularidades, unos aspectos de lo que Dios es en grado absoluto. Por lo tanto, todo lo que yo pretendo encontrar, o pueda recibir de las personas y de las circunstancias, yo puedo y debo llegar a descubrirlo y a vivirlo plenamente en Dios de un modo directo.

Yo no puedo pretender llegar a una vida espiritual plena si mi mente, mi corazón y mi voluntad están divididos. Aquello que dice «que no se puede servir a dos señores a la vez» es muy cierto. Yo he de llegar a unificar mi visión de todo; por lo tanto, mi actitud ante todo. Dios no es un apartado más en mi vida, aunque pueda serlo al principio. Cuando yo me voy abriendo más a la realidad de Dios, veo que Dios no es un apartado entre otros, sino que es la Fuente absoluta, única, que no tiene ninguna posible comparación con otros aspectos de mi vida. Y todas las cosas que yo vivo por imperativos de mi propia dinámica personal, las vivo aprendiendo a descubrir en ello una manifestación de Dios, un aspecto de Dios. Cuanto más yo aprendo a abrirme a Dios, más Dios, lo Superior, lo Espiritual, llena mi conciencia; no en sentido figurado sino literal: llena mi conciencia. Hay una sustancia que penetra en mí, hay una fuerza que penetra en mí, hay una Gracia que penetra en mí, lo cual es una experiencia concreta que transforma toda mi capacidad de vivir.

Dios es el Centro de todo

Dios ya es la Fuente de todo lo que vivo. Pero cuando en mi conciencia conozco a Dios como Fuente de todo y me abro a este Dios, en este acto de entrega, de receptividad, de silencio, la Gracia y la Fuerza iluminan mi conciencia, y es esta iluminación experimental la que transforma toda mi vida; y no sólo subjetivamente, en lo que siento, sino que la transforma también objetivamente, en mi modo de ver y de vivir el mundo y en el modo como el mundo, las personas y las circunstancias se comportan en relación conmigo.

Nuestra salud no es más que Dios expresándose plenamente a través de nuestro nivel vital. Nuestra riqueza, nuestra abundancia en las cosas, no es más que Dios expresándose plenamente a través de nuestra realidad material. Nuestra felicidad no es más que Dios expresándose a través de nuestro nivel afectivo. Nuestra seguridad, poder y realidad no son más que Dios expresándose como nuestro propio ser. Nuestra vida exterior y todos los hechos de nuestras circunstancias -cómo se conducen los demás, las cosas que me ocurren, etc.-, no son más que la expresión directa de Dios a través de mi conciencia externa.

Cuando yo lucho por la salud (en caso de enfermedad), puedo hacerlo combatiendo la enfermedad o puedo hacerlo abriéndome a la salud. Cuanto más yo me abro a Dios, más me abro a la salud, a la única Fuente real de salud. Yo puedo luchar contra mis circunstancias adversas tratando de ahuyentar las amenazas, los peligros, pero también puedo luchar a favor de la Plenitud abriéndome a Dios, que es la única Fuente de Plenitud, en todos los niveles. Puedo buscar seguridades, certezas, a través del estudio, razonando, o mediante consultas; o puedo abrirme a Dios, y entonces se hará una Luz en mi mente que me aclarará todas las cosas esenciales de un modo inapelable, clarísimo, evidente.

Tenemos la idea de que el mal existe y de que nosotros hemos de defendernos del mal; y esa idea, que es sólo una idea errónea, afecta profundamente a nuestra vida. Entonces luchamos contra nuestros miedos, contra nuestros enemigos, contra todo lo que parece adverso (externo o interno); pero no deberíamos perder ni un instante en esta clase de luchas, pues se trata de una pérdida de tiempo y de energías.

Todo lo negativo desaparece a la luz de lo positivo. Toda nuestra conciencia de limitación desaparece ante la conciencia de Plenitud y de Presencia divinas, en todos nuestros niveles, incluso en los más materiales, más externos, más físicos, más biológicos; no hay una separación en cuanto a la acción de Dios entre lo que llamamos espiritual y lo material, la única separación la pone nuestra mente. Nuestra mente es la única obstrucción y por eso es tan necesario que la mente se abra incondicionalmente a la Presencia activa de Dios en nosotros en todos los niveles. Dios es el centro de todo acto de nuestra existencia. Dios es el centro de cada instante de nuestra vida.

Esta apertura a Dios debe ser una apertura real, no sólo una idea en nuestra mente, no sólo un deseo en nuestro corazón, sino una experiencia tan real como el acto de respirar o el acto de andar. El contacto de nuestra mente consciente con el Dios viviente ha de ser aún más real que todo lo que vivo ahora como realidad.

El giro radical en nuestra mente

Nuestra mente se ha desarrollado actuando siempre en relación a las cosas; se ha ido desarrollando manejando fenómenos, percepciones, relacionando significados; toda mi personalidad es una inter-acción con el mundo, con las personas. Y mientras mi mente, mi deseo y mi voluntad trabajen en esa dirección en que yo he ido viviendo, no podré llegar a esa experiencia de Dios, sólo podré vivir mis experiencias del mundo, de mí mismo en relación con el mundo, aumentando la gama de esas experiencias, pero no llegará ese momento revolucionario de la Presencia real de Dios, vivida experimentalmente.

Todo acto de mi mente y de mi voluntad va siempre hacia algo, porque así se han desarrollado y así se manifiestan. Ese algo nunca es Dios. Ese algo es algo dentro de nuestra experiencia fenoménica, horizontal, en relación con el mundo. Mas, para que se pueda producir en mí este descubrimiento de Dios presente, es preciso que mi mente deje de actuar, de proyectarse hacia ningún lado, porque hacia cualquier lado que se dirija siempre será hacia algo, algo fenoménico, y Dios no es algo, Dios es el Centro.

He de lograr que mi deseo no esté movilizado hacia algo, que mi imaginación deje de buscar algo, que mi voluntad deje de querer algo. Y cuando se produce en mí esta inmovilización por falta de objetivo, cuando me quedo inmóvil en esta quietud de no hacer, de no buscar, de no pensar, cuando me quedo sin hacer nada, en esta quietud de ser en silencio se produce esta Presencia de Dios. Mientras yo estoy buscando o estoy proyectando me estoy alejando; es cuando me doy cuenta de que Dios está en la otra dirección, en la dirección del no-pensar, del no-desear, del no-querer, y soy capaz de permanecer en el vacío del silencio, cuando entonces aparecerá una conciencia enteramente nueva.

Esos instantes de silencio en que descubrimos una dimensión central profunda, amplia, intensa, totalmente nueva, transforman totalmente nuestra existencia; estos momentos «limpian» todas las tendenciosidades que había dentro. Utilizando un lenguaje oriental, podríamos decir: «en aquel momento se limpia el Karma»; en un lenguaje cristiano, diríamos: «en aquel momento se produce el perdón de los pecados»; utilizando un lenguaje psicológico, diríamos: «en aquel momento desaparece todo lo negativo». En aquel momento, allí donde había oscuridad hay luz, donde había debilidad hay fuerza, donde había miedo hay amor. Y eso no sólo es un estado interno, sino que se transforma objetivamente nuestra vida, se re-ordena nuestro organismo, y todas las enfermedades debidas a mal funcionamiento o a una distorsión interior, desaparecen; todos los estados de angustia, negativos, obsesivos, desaparecen. Y también las personas de nuestro entorno cambian en su actitud hacia nosotros, y cambian las circunstancias. Pero no sólo cambian porque yo sea más amable o adaptable, no; cambian con independencia de mi modo de hacer; cambian porque las cosas que nos rodean no son (en el fondo) nada más que la expresión exterior de nuestra conciencia interior.

Lo interno atrae las condiciones externas

Nadie puede vivir algo distinto de lo que es. Cuando yo en mi conciencia soy problema, soy conflicto, soy negación, yo estaré creando este problema, esta negación, dentro y fuera de mí. Esto tiene un alcance insospechado pues atraerá hacia mí, del exterior, situaciones conflictivas; y soy yo mismo quien las atrae, sin darme cuenta. En cambio, cuando al abrirme a la Presencia Divina se produce en mí la Plenitud, la Luz, entonces esto tiende inevitablemente a traducirse en una irradiación positiva, en unas circunstancias positivas, en unas relaciones personales positivas.

Entonces vemos que la perspectiva que teníamos del mundo y del mal, de los defectos de las personas y de la injusticia de la vida, que todo eso desaparece como desaparece una pesadilla al despertarnos por la mañana; vemos que nunca ha existido realmente ese mal, que sólo ha existido una percepción errónea, que todo lo que existe, en sí, está bien; está bien en su nivel de manifestación. Era en mi mente donde se fraguaba el conflicto entre mi deseo y la realidad que enfrentaba; el deseo que aspiraba a unas cosas y la realidad que yo vivía en otro plano y que negaba este deseo. Todo lo veía oscuro porque miraba las cosas desde una perspectiva oscura; en cuanto mi mente se aclara, en cuanto mi mente puede funcionar centrada, es como si automáticamente percibiera cada cosa, cada persona, desde su centro. Y cada persona, vivida desde su centro, es perfecta. Como un niño, que es perfecto sea cual sea su edad y su desarrollo en habilidad, en inteligencia, en crecimiento; desde su centro, el niño va creciendo de un orden de perfección a otro orden de perfección, pero no de una imperfección a una perfección.

Naturalmente, existe un proceso de cambio, de evolución; pero este proceso no tiene nada que ver con lo que llamamos mal, sino en pasar de un bien a otro orden de bien, a otro orden más pleno de realidad, de bondad, de belleza, de poder. Entonces nos situamos en una perspectiva correcta y descubrimos que el único mal, la única injusticia y el único sufrimiento estaban en nuestra mirada, en nuestro modo de vivir. Al rectificar nuestra visión, al aclarar nuestra conciencia en esta Presencia viviente de Dios, todas las tinieblas desaparecen, del interior y del exterior.

En la vida persistirán los dramas, pero uno se dará cuenta de que lo que muchas personas viven dramáticamente no tiene un carácter real, como cuando uno se da cuenta de que el susto que se sufre en una pesadilla no tiene un carácter real en relación con la experiencia de la vigilia, o que el disgusto de un niño pequeño cuando se le contradice una ilusión no tiene una existencia dramática real, sólo es consecuencia de un modo pequeño de ver, es una nube dentro de la conciencia, no fuera.

Manejo eficiente de los problemas

¿Perderá con eso la persona su perspicacia, su sentido crítico, su capacidad de desenvolverse ante situaciones difíciles, hostiles, o ante personas de las que se dice que van con «mala fe»? No. Yo diría que esta persona es, precisamente, la que está más capacitada para desenvolverse en todo tipo de ambientes. Porque no disminuye su visión de las cosas sino que aumenta; y comprende que, aunque lo espiritual se manifiesta en todos los grados, estos distintos grados incluyen lo que en nuestra conciencia habitual se entiende como el egoísmo más desenfrenado, el apasionamiento más ciego o la agresividad más salvaje. Y uno se da cuenta de eso más y mejor que antes, pero no lo ve como un defecto sino como una cualidad en aquel nivel, lo ve en su vertiente positiva; y puede manejarlo positivamente, no defendiéndose de ello o contraponiéndose a ello, sino manejándolo desde lo positivo superior en una relación de positivos, no como una contraposición de signos. No se trata de ir contra nada o de defenderse de algo, se trata de manejar lo inferior (tal como es) desde lo superior.

Ante un niño muy díscolo, muy desobediente, yo puedo hacer dos cosas: 1) Puedo compararlo con lo que sería un comportamiento correcto, criticarlo e imponer mi voluntad en contra de la suya; es el uso de la autoridad o incluso la violencia. 2) También puedo no enfadarme con el niño y comprender que el niño está viviendo una fuerza en sus niveles vital y emocional (infantiles); y esta fuerza (que es la misma que yo puedo vivir desde mi nivel positivo espiritual) verla en lo que tiene de positivo, y al mismo tiempo vivir las fuerzas positivas superiores; entonces podré entender al niño sin negarle a él y procurando que de esta expresión negativa pase a otra positiva, por afirmación.

Creo que todos hemos tenido la experiencia de haber enfrentado una situación así -con un niño pequeño rebelde-, en momentos en que estamos irritados o en momentos en que estamos muy bien. Y hemos visto que hay una diferencia radical tanto en nuestra forma de vivir la situación como en la eficacia en manejarla. Cuanto más yo he estado en una actitud profundamente positiva, mejor he podido manejar la situación, con menos esfuerzo y de un modo más constructivo para el niño. Pero si mi actitud era negativa, el manejo de la situación ha sido de modo violento, explosivo, crítico, y ha resultado perjudicial, para mí y para el niño. Cuando yo reacciono negativamente ante lo negativo, estoy aumentando la negatividad, mía y del otro. Pero si yo puedo situarme en esta óptica positiva viendo las cosas en su positividad básica, entonces paso de un positivo menor a un positivo mayor (en cuanto a escala) tanto mío como del otro.

La práctica de vivir la Presencia de Dios conduce paso a paso, sin esfuerzo, a esta percepción y contacto con lo positivo a través de todos los niveles.

(fuente: Antonio Blay – Personalidad y niveles superiores de conciencia)

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