La desamortización de las almas

Atrapado en la red

Las manos muertas eran aquellos bienes del Antiguo Régimen que no se podían vender, permutar o transferir en modo alguno, es decir estaban fuera del mercado y no podían ser comercializados como mercancía. Los bienes comunales eran un ejemplo muy importante de bienes de manos muertas, que estaban a disposición de los vecinos como complemento para su subsistencia. Cuando los bienes de aprovechamiento comunal y bienes de propios se mercantilizan durante las desamortizaciones, las familias campesinas que dependían de estos bienes para subsistir, se veían obligados a su vez a mercantilizar su fuerza de trabajo. Era un paso más hacia la conversión de los seres humanos en mercancía, en objeto, de un modo como no sucedía desde los tiempos de los antiguos esclavos romanos, los instrumentum vocale. Es cierto que en aquella época existían otros complementos para la subsistencia, donde la fuerza de trabajo era un elemento de intercambio, como el trabajo a jornal (pago en especie normalmente) para las casas grandes, pero era un complemento esporádico que no ponía en cuestión la relativa autonomía del campesinado. El sustento principal era el trabajo en la casa, el trabajo en la propiedad familiar (huertos, corrales, etc) y luego existían una serie de complementos que no sólo tenían un carácter económico, sino también social, cultural e incluso político y espiritual.

El sistema que se ha ido imponiendo sorprende por su voracidad y capacidad de adaptación. A estas alturas pareciera que todo lo que se podía mercantilizar ya lo estaba, pero la mercantilización en manos de mercenarios de los cuidados de niños, ancianos, enfermos y personas con alguna discapacidad, ha demostrado que este sistema todavía no ha alcanzado su cenit. En mi ánimo no está insultar a nadie utilizando la palabra mercenario, sino constatar una realidad sobre un tipo de trabajo que antes estaba fuera del mercado y era llevado a cabo por la familia y los vecinos. Mercenario viene de la misma raíz que mercado, mercancía, mercurio (dios del comercio), merced (pago, recompensa) o mercería (tienda de comercio de pequeños productos). Mercenario es el que participa en un proyecto para competir con otros (empresas en el mercado, contienda bélica entre paises, …) por su beneficio económico, con poca o nula consideración ideológica o de valores. Aunque es cierto que existen honrosas excepciones y no hay que generalizar, cuando el trabajo para otros a cambio de dinero pasa de ser un complemento esporádico a algo decisivo para la subsistencia de millones de seres humanos, entonces cualquier consideración que no sea la monetaria, se convierte en un asunto de segundo orden para muchas personas. La prueba está por ejemplo en que muchos trabajadores para mantenerse en sus puestos de trabajo son testigos diariamente de prácticas inmorales que nunca denunciarán, ni combatirán, pero si se movilizan cuando sus derechos laborales – y sobre todo sus emolumentos – se ven comprometidos, entonces es probable que cinicamente aprovechen para denunciar la inmoralidad que silenciaron cuando se sentían seguros y/o bien pagados, a todos nos vendrá a la memoria el caso de Canal 9.

La fuerza de trabajo como mercancía es el inicio de la desamortización de las almas, si utilizamos el significado de alma sin connotaciones religiosas, como ese principio del ser humano que es capaz de entender, querer y sentir, y que junto a su cuerpo, constituye la manifestación de su esencia. Durante el trabajo asalariado el ser humano se somete a la voluntad de otros, no hace lo que quiere, sino lo que quieren otros que se sitúan por encima de él según un orden jerarquico, actúa en base a órdenes como un autómata, no según su capacidad de ver y huye de su propio sentir para ocultar la angustia existencial que le provoca su alienación. El siguiente paso en el camino hacia la absoluta mercantilización del alma, es la mercantilización del si mismo fuera del ámbito laboral, esto no sólo se consigue cuando compramos mercancías para ser sujetos consumistas y pasivos en la industria del espectáculo y del ocio. Hoy en día, en las redes sociales, creyendo que compartimos en un ámbito restringido y controlado por nosotros, publicamos gustos, ideologías, creencias religiosas, orientación sexual, nuestros problemas personales, nuestras pasiones, nuestras preferencias, nuestros desacuerdos, nuestros proyectos, nuestras miserias, nuestras enfermedades, en definitiva, una fotografía de nuestra alma. 

Este volcado de información sobre nuestra alma es utilizado por unas pocas empresas para comerciar con ella y para que otras muchas realicen investigaciones de mercado. Según el 2014 Merchandise Planning and Allocation Benchmark, que ha elaborado la empresa Boston Retail Partners, el 39% de las marcas utilizan datos de las redes sociales en el desarrollo de sus productos. Unas pocas empresas de Silicon Valley, como Facebook y Google, concentran el negocio de la recolección de datos para vendérselos a las agencias de publicidad. Si el internauta Federico Zannier, que puso en subasta al mejor postor su actividad en Internet durante un día, consiguió 2.000 euros, ¿qué puede ganar en un día una empresa como Facebook que cuenta con 1.280 millones de usuarios y subiendo?. Esos datos también están a la libre disposición de los servicios de inteligencia. Facebook y empresas como Microsoft han revelado que durante el 2012 pusieron en poder de EEUU miles de cuentas que fueron rastreadas y que forman parte del programa de espionaje mundial de Internet, la realidad superará a esas revelaciones. Como ocurre desde la irrupción de los regímenes liberales, el par Estado-Capital va de la mano también en esta desamortización de las almas. Creímos que la revolución del Web 2.0 era un salto en la aportación personal, en la interacción bidireccional que se abría a todos los usuarios para compartir en la red, para acabar cayendo en las redes de los parásitos que viven de la energía personal de los demás.

Las redes sociales, espejo de nuestra sociedad, son también un lugar para el consumo rápido, sin reflexión, ni profundización personal, como tantas otras expresiones de la sociedad del espectáculo. En las sociedades modernas, donde se da tanta importancia a la cuantificación, es habitual que la cantidad sea un valor de primera importancia social y la calidad algo accesorio. Acumular “amigos” se ha convertido en una competición que convierte el carrusel de noticias en una creciente lluvia de posts que aparecen y desaparecen, fomentando la dispersión y la destrucción de la atención sostenida. Incluso los contenidos meritorios y de calidad – que los hay – quedan desdibujados ante la inundación sistemática de estímulos de toda condición, incluidas las cuñas publicitarias y de propaganda que nos persiguen en tantos espacios y que son los estandartes de la falta de libertad de conciencia.

Si en la antigüedad se creía que un camino fácil para obtener el éxito personal consistía en vender tu alma al diablo, el nuevo pacto para la consecución de beneficios está en pescar en las redes las almas de los demás mortales para venderlas como mercancia a los nuevos demonios, estos sin duda más reales. Es la gran desamortización de las almas a la que estamos todos expuestos. Que retornen a manos muertas, para compartir y organizarnos lejos del mercado.

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